El coreógrafo de este espectáculo, Mickael Le Mer, se inspira en el pintor Pierre Soulages, maestro del color negro, fascinado por su manera de hacer brotar la luz, y crea un sublime ballet hip-hop.
Ocho bailarines emergen de la sombra para conquistar una luz que, poco a poco, se apodera del escenario. Los cuerpos se revelan progresivamente; vibraciones, reflejos y movimientos se responden hasta llegar a un apoteósico final en el que la luz se desborda, invadiendo el escenario y luego la sala, en una alegre comunión con el público.
En el suelo o de pie, en solitario o en grupo, a través de gestos depurados y gráficos, los intérpretes atraviesan el espacio con una maestría notable. Los cuadros se renuevan sin cesar, compuestos en encuadres casi cinematográficos, magnificados por un trabajo de escenografía e iluminación de gran delicadeza. Así, al contrario de lo que sugiere el título, la mirada se despierta ante estas esculturas en movimiento, que dan cuerpo a una búsqueda hipnótica: la del paso de la oscuridad más profunda al resplandor más intenso.
Una experiencia fascinante, de una belleza poco común.
En el suelo o de pie, en solitario o en grupo, a través de gestos depurados y gráficos, los intérpretes atraviesan el espacio con una maestría notable. Los cuadros se renuevan sin cesar, compuestos en encuadres casi cinematográficos, magnificados por un trabajo de escenografía e iluminación de gran delicadeza. Así, al contrario de lo que sugiere el título, la mirada se despierta ante estas esculturas en movimiento, que dan cuerpo a una búsqueda hipnótica: la del paso de la oscuridad más profunda al resplandor más intenso.
Una experiencia fascinante, de una belleza poco común.
